Estaba manejando. Manejando como
todos los miércoles desde finales de enero. A las nueve de la noche, de Rio
Piedras a Mayagüez. Me esperaban dos horas y media de viaje. Dos horas y media
que quizás podría arreglármelas para convertirlas en dos horas y diez o quince
minutos. Pero el detalle es, que si mi carro llega a las cincuenta millas por
hora, comienza a temblar, a temblar muy fuerte. Así que para ser realistas, dos
horas y media es el tiempo al que me resigno todos los miércoles. Pues no
quiero lastimar a mi toyota corolla del 1997, que me ha acompañado desde el
2010 por tantos lugares. Me ha llevado desde Mayagüez a las Cabezas de San
Juan. Me ha llevado al Yunque. Se ha dañado en innumerables ocasiones, pero han
sido enfermedades de poco valor…el aire acondicionado, la tapa del radiador, la
caja de bolas, la correa de tiempo, el aire acondicionado de nuevo… pero la
transmisión, esa que dicen que sale bien cara arreglar, sigue muy saludable.
La tendencia ha sido que a esa hora
me da mucha hambre. Por lo que opto por “cenar” algo liviano antes de clase. A
las cinco de la tarde. Y cuando emprenda el viaje de las dos horas y media, comprarme
algo un poco más fuerte. Un poco más fuerte he dicho, no quiero engordar, o más
bien, no quiero lastimar mi cuerpo, o como diría mi esposo, mi organismo. Los
primeros miércoles me compraba un “snack wrap” en McDonald con unas papas
fritas, pero eso como que no es muy saludable, ¿cierto? Así que este pasado miércoles,
me detuve en el Mesón de Dorado y me compré una “chicken ceasar salad”, ojo, con
poco aderezo le dije a la cajera. Yo no sé si es menos dañino que el esnac rap
de macdonal, pero…umm… hace sentido no, lechuga, pechuga de pollo, cebollas,
crutones… ah, sí, los crutones, de pronto esos son muy procesados y venenosos.
Una vez tengo la tan esperada
ensalada en mis manos, la cual pedí por servi-carro, me detengo un momento,
abro la caja, la acomodo de tal forma que se me facilite comer mientras sigo
manejando. Porque si me detengo a comer, entonces serán, no sé, más de dos
horas y media, cosa que no quiero que pase. Ya de por si voy tarde.
Ya voy de camino. Manejando. Con la
mano izquierda en el guía. Con un tenedor en la derecha, espetándolo fuertemente
para que traspase la lechuga y me la pueda comer. Pero que tarea tan
complicada, manejar y comer ensalada. Si hubiera pedido un sándwich sería más fácil.
Con la mano derecha lo agarro y lo llevo hasta mi boca para morderlo sin
problema. Pero la ensalada, esa bendita ensalada se me perdía entre los golpes con
que la atacaba mi tenedor. No agarraba casi nada de lechuga. Y peor aún, no podía
casi agarrar lechuga más pechuga. Y cómo me gusta sentir el sabor de las dos a
la vez, un pedacito de lechuga y de pechuga juntitos. Sino que me tenía que
conformar con un bocado de solamente lechuga, y luego un bocado de solamente
pechuga. ¡No, no, no! Entonces me dije: “bueno y si uso mis manos, con ella
puedo sentir que es lechuga y que es pechuga y atrapar ambos a la vez, para
complacer mi paladar con un bocado de lechuga más pechuga al mismo tiempo”. Así
que sin tanto cuestionarlo, hellou, estaba sola, nadie me va a ver, rompí a
comer con las manos.
He de ahí donde nació la inspiración
para escribir esta reflexión. La primera de una página titulada Cogitaciones, a la cual intencionaba
darle vida desde el año pasado, pero la musa no me llegaba. Aquella musa de la
cual una vez escuché al profesor José Santos decir que cuando te llega, hay que
escucharla y escribirla, sin importar la hora, el momento, porque si no, se va,
desaparece. Y aquí estoy, escribiendo lo que concebí hace dos días, una reflexión
sobre comer con las manos y lo asertivo que fue. Una cogitación que me inspiró
para compartir una de las tantas experiencias humanas que se nos pasan por las
narices, que de pronto no le prestamos atención, por lo banal que parecen ser.
Pero que si lo hacemos, nos damos cuenta que capturan de una forma tan sencilla
y simple lo que nos hace pasar de un momento sin razón de ser a uno lleno de
vida, lleno de propósito.
Mi propósito en ese momento fue disfrutar
mi comida. Caramba, qué mucho como en el carro, esmandá, sin saborearlo, sin
disfrutar de las sensaciones que esa comida va provocando en distintas partes
de mi cuerpo.
Mientras comía con las manos, recordé
a mi hijo, a Pablo. Uno de los que hace, el otro es mi esposo, que pese a las
dos horas y media con cansancio, sueño y hambre con que viajo, no anhele nada más
que llegar a mi casa y acostarme en mi cama, al lado de ambos. Recordé que
cuando nos sentamos en la mesa a comer, siempre Pablo termina comiendo con las
manos. Y yo me enojo, me molesto, me da rabia. Se ensucia las manos, ensucia la
mesa porque la toca con las manos llenas de comida, se ensucia la ropa porque le
da con pasarse la mano en la ropa, y si le da con recordar algún juguete que
desea tener a su lado mientras come, lo busca y ensucia el juguete. A eso le
sumo, que mientras camina para buscar el juguete, se caen pedacitos de ese revolú
de comida que tiene en la mano, al piso. Y no lo entiendo, ¿por qué comer con
las manos?, no es eficiente, gastas papel para limpiártelas, agua y jabón…pero
Pablo… Pablo consistentemente, pese a que ya tiene tres años y maneja muy bien
la cuchara, prefiere la mano.
Y en eso me hallo allí, en mi carro,
comiendo “salvajemente” con la mano. Pero qué bien se siente. No el embarre que
me estoy haciendo en la mano, sino el poder asegurarme de que cada bocado que
entra a mi boca va a ser pechuga más lechuga, a la vez.